Apolonio y los barrotes templados





En el libro, Les Rois de la Forcé (Los Reyes de la Fuerza), publicado por el Prof. Edmond Desbonent en 1911, el Profesor trata de cientos de hombres fuertes de todas las nacionalidades. Al final del libro dedica un capitulo a los que él llama "superatletas", y coloca en esta categoría a dos individuos. Estos son Louis Cyr, del Canadá, y a Louis Uni (conocido profesionalmente como "Apolonio") de Francia. Las habilidades de estos dos hombres fornidos profesionales eran tan fuera de lo ordinario que Desbonnet estaba convencido de que merecían reconocimiento en especial. Tanto Cyr como Apolonio estaban dentro de su máxima ejecución de fuerza en las pruebas sencillas que requerían fuerza bruta más bien que en la competencia de levantamientos "rápidos" que desde aquel entonces han sido perfeccionados a un grado tan alto (en técnica).

La más grande hazaña realizada por Apolonio fue una que no puede ser medida en libras, pero que no obstante eliminó toda duda en los asistentes al teatro que la presenciaron y quienes quedaron completamente convencidos de haber visto una verdadera exhibición extraordinaria de potencia física humana. Sucedió así. En el acto que presentaba Apolonio en el Folies Berger (en 1889), hacía el papel de un prisionero que se escapa y es perseguido por los guardias..

Encontrando el camino cerrado por una reja pesada arrojaba la capa que le cubría los hombros y agarrando los recios barrotes con sus manos los separaba haciendo gala de un tremendo esfuerzo. Pero una noche, por equivocación (o por maldad), el herrero que había hecho la reja y que enderezaba los barrotes después de cada actuación, templó el metal de tal manera que más bien era como acero que hierro maleable. Cuando fue colocada la reja al día siguiente, Apolonio descubrió que no podía doblar los barrotes. Aconsejado por su pequeña esposa que se encontraba entre bastidores, y que pensó que su marido sólo estaba de poco humor, Apolonio puso toda su fuerza a la tarea que tenía ante sí, usando firme determinación. Se olvidó de que sólo estaba actuando y puso en esto toda su fuerza asombrosa hasta conseguir doblar los barrotes lo suficiente para que le permitieran pasar. Al terminar esto, quedó completamente exhausto por el tremendo esfuerzo, pero se acercó a las luces del proscenio y dijo al auditorio que le era imposible continuar. Es muy probable que con esa fabulosa exhibición de potencia los espectadores hayan quedado complacidos y sin motivo de queja.


Fuente: David Willoughby.
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